Apasionante novela de la escritora Pilar Comenge Muñoz-Cobo donde relata, en primera persona, las vicisitudes de su abuela María en tierras filipinas.

Corría el año 1891 cuando a María, una galleguita de 17 años, hija de un coronel carlista, afincado en Santiago de Compostela, la permiten viajar a la capital de España y pasar unas semanas en casa de su hermano, un acreditado abogado madrileño; a los pocos días, conoce a Rafael, un compañero de su fraterno, que será el amor de su vida.

La autora del libro, Pilar Comenge Muñoz-Cobo, junto a la portada de su obra

Así comienza esta apasionante novela de la escritora Pilar Comenge Muñoz-Cobo donde relata, en primera persona, las vicisitudes de su abuela María, que al cumplir 18 abriles, abandona a su familia y amigos porque decide seguir a su esposo a quien le han nombrado Fiscal de lo Contencioso en Filipinas.

Digamos que mi vida comenzó realmente a cambiar, cuando el “Isla de Luzón” de la compañía Trasatlántica, zarpó del puerto de Barcelona. En aquel barco en el que iba a pasar 40 días, fue como un cursillo de aprendizaje para la madurez. En él fui perdiendo la adolescencia. Afirma la protagonista de esta íntima narración, con gran contenido histórico, donde políticos de entonces: Antonio Cánovas y Emilio Sagasta, con sus rivalidades partidistas, junto con las sempiternas apetencias territoriales norteamericanas, postraron cuatro siglos de presencia española.

El buque, movido con motor a vapor y velas realizaba un increíble periplo: primero por el Mediterráneo para atravesar el reciente inaugurado Canal de Suez, navegar por el océano Índico, atravesar el mar de China y llegar al océano Pacífico donde se encuentra el archipiélago de Filipinas. A tal fin, era necesario atracar en numerosas escalas para abastecerse, no sólo de alimentos frescos sino de agua y toneladas de carbón. Estábamos a 1 de abril de 1892 y teníamos prevista la llegada el 7 de mayo, si no teníamos problemas.

Al fin, la capital de Filipinas es el escenario donde los enamorados se encuentran, tras varios meses de separación. Manila no era una ciudad muy grande y para los ojos de los europeos no muy limpia. La mayor parte de la población eran los aborígenes indios de raza malaya; después estaban los chinos a los que se les llamaban sangleyes y nosotros teníamos nuestro propio nombre: los castilas, quizás porque Manila tenía muchas iglesias y algunas de ellas parecían castillos o fortalezas. (p.70)

Vivir en Filipinas no fue tan fácil como había imaginado –afirma la protagonista. Mi poca experiencia como ama de casa, aprendida de mi madre, no me servía para nada. El principal problema estribaba en que las siete personas de servicio, que atendía el domicilio de dos plantas, eran todas nativas, incluido Fu-Lin, el cocinero chino. Entenderse con ellos y, además, hacerse respetar era imposible.

Un día entré en la cocina para ver como iba la comida y el ayudante del cocinero se encontraba hurgándose los pies; cuando me vio entrar se puso inmediatamente de pie y comenzó a manipular los alimentos que había encima de la mesa.

-Haz el favor de no tocar la comida con esas manos- le grité.

Todos se quedaron sorprendidos, mirándome sin entender nada.

-Te rogaría, Fu-Lin, ya que eres el jefe de la cocina, que exijas un poco de higiene a tus ayudantes –le dije un poco airada.

-Fu-lin no entender palabra higiene. (p.70)

Otro día bajé a la cocina a ver como iba todo. No podía dar crédito a lo que mis ojos estaban viendo. Fu-Lin desnudo de medio cuerpo para arriba hacía unas albóndigas poniéndosela en las axilas.

-Señora ver que hago albóndigas de la que usted le gustan –contestó un tanto sorprendido por mis gritos.

No todo el personal era igual, como Rita, mi doncella, una encantadora joven de 17 años, que llegué a considerarla como mi familia.

Fueron dulces años, a pesar de las grandes ausencias laborales de su esposo quien tenía que atender un territorio de 7.000 islas, viajar a China y países limítrofes o regresar a la Península para informar al Gobierno sobre la situación de la colonia. Sin embargo, el cariño, la juventud y la alegría con la llegada de nuevas vidas: -Rafaelito y María- hacían olvidar terribles actos de los independentistas, apoyados por los norteamericanos: como se había sorprendido, flagrantemente, a sus barcos entregando armas a los rebeldes. (p..108).

Y llegó el fatídico año 1898 cuando el 15 de febrero, en la bahía de La Habana estalla el barco de guerra norteamericano USS Maine y mueren 266 marineros, detonante que llevó a Estados Unidos a declarar la guerra a España. Desde 1885, los yanquis apoyaban a los cubanos en su lucha contra nosotros porque tenían intereses económicos en Cuba, amen de otras posesiones hispanas en el mundo: Puerto Rico, Filipinas y Guam, perteneciente a las Islas Marianas, cuya superficie es semejante a Ibiza.

Todo un retablo de historias y sus personajes aparecen en esta delicada obra sentimental e histórica, entre ellos: Martínez Campos, Fernando Primo de Rivera, Marcélo Azcárraga, Almirante Montojo y la lamentable actuación de Basilio Agustí, nombrado por el gobierno de Sagasta, Capitán General de Filipinas quien, en plena guerra, ordena que las baterías ubicadas en la costa que cesaran de apoyar a la armada española, lo que tuvo consecuencias desastrosas. No olvida la autora a José Antonio Protasio Rizal y Alonso, oftalmólogo, escritor y mártir de la independencia filipina, quien lejos de mostrarse revolucionario ansiaba reformas administrativas y el reconocimiento de Filipinas como provincia española de pleno derecho.

Castila, una española en Filipinas

Copistería Serrano.

Callejón de Arena, 4. Bajo.

18005-Granada.

I.S.B.N: 978-84-92996-34-6

editoriales@gmail.com 

Por Noticias

Deja una respuesta